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Número 9:   
DE ILUMINADOS Y LUMINARIAS.
  Xosé Manoel Núñez Seixas

En su comentario radial del 19 de agosto, el señor Ramón Suárez expresó algunos comentarios críticos, y perpetró otros calificables de aviesos —por falsamente fundamentados y por ir mucho más allá de su intención textual— acerca de las jornadas Buenos Aires Gallega, que organizadas por el Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y con la colaboración de diversas entidades galaicoargentinas y gallegas —la Fundación Xeito Novo, el Consello da Cultura Galega, la Consellaría de Cultura e Deporte de la Xunta de Galicia— reunieron en el histórico lugar de la Manzana de las Luces entre el 14 y el 16 de agosto pasados a numerosos intelectuales y estudiosos argentinos y gallegos, que reflexionaron acerca del pasado y el presente de la presencia gallega en Buenos Aires. El buen nivel académico e intelectual, incluyendo dentro de él también las intervenciones testimoniales de quienes no son académicos y las aportaciones de quienes protagonizan hoy en día diversas iniciativas en pro de la cultura gallega en Buenos Aires, fue ampliamente reconocido por el público asistente. Se trató de unas jornadas a medio camino entre lo académico y lo divulgativo, con una asistencia de público que superó la media habitual en este tipo de eventos (no hablamos de paparotas, discursos políticos con movilización ad hoc, etcétera), y que contaron además con tres broches artístico-musicales de gran calidad: la intervención de la cantante galaicoargentina Graciela Pereira, del grupo Xeito Novo y de la Orquestra de Cámara Galega.

El Sr. Suárez desliza algunas críticas relativas a la escasez —a su juicio— de público, a la falta de difusión de las jornadas y a la ausencia de algunos temas en las ponencias. Son comentarios que estimamos medianamente honestos y a los que intentaremos dar respuesta. Primero, si bien es cierto que por complicaciones logísticas de última hora la cartelería y folletería sólo estuvo lista la víspera de las jornadas, estas últimas se difundieron por vía electrónica desde un mes antes, tanto a través de la plataforma del SICE como a través de diversas vías, y todas las instituciones gallegas de la ciudad recibieron igualmente información por correo electrónico, forma de comunicación predominante en el siglo XXI. Algunas de las mejores audiciones radiales gallegas de la ciudad se hicieron eco durante semanas del evento. Tal vez no acertamos con la mejor de las mejores, y sea ahí aceptada nuestra humildísima genuflexión ante el mago de las ondas galaicoporteñas. Si desde algunas entidades no se informó, tal vez, a los socios en cumplida manera, eso no podía ser previsto por la organización. De todos modos, asociados de diversas entidades de la colectividad, màs algunos directivos de varias de las más importantes, se personaron en las jornadas, en la medida en que sus obligaciones se lo permitían. Presencia que les agradecemos mucho. Segundo, como nos consta que se explicó personalmente al Sr. Suárez, lo que parece haber olvidado —tres días es una eternidad, tempus fugit—, si no figuró ninguna ponencia relativa a la gloriosa historia del Centro Gallego que nadie desconoce, y en primer lugar las instituciones y la esfera pública porteñas que usted cree tan indocumentadas, fue porque la persona encargada de ello —el Dr. Cócaro, de la UBA— no pudo acabar su ponencia por problemas familiares graves. La comisión organizadora, en la que me incluyo, no consideró pertinente encargar a última hora una ponencia a otra persona sobre el mismo tema, ya que no existen historiadores especializados en la historia del Centro Gallego más allá del Dr. Cócaro, entendiendo como especialistas a quienes abordan un análisis solvente, teórica y metodológicamente fundamentado, de la historia de la institución, claro está (de coleccionistas de nombres de Juntas Directivas y demás emborronadores de páginas está el mundo lleno, pero eso no es un historiador ni un análisis solvente, Sr. Suárez; y un ridículo provocaría un bochorno colectivo, supongo que hasta también el suyo).

Ciertamente, faltaron muchos temas por tratar. ¡Muchisimos! Las romerías, no sólo quilmeñas, sino también de Olivos y de tantos sitios, las matinées y bailes danzantes, numerosos perfiles de dirigentes, personajes ilustres de la colectividad y un largo etcétera, incluyendo la historia de mi abuelo y mis tíos abuelos, por supuesto. Pero todo planificador de unas jornadas sabe que es imposible ser temáticamente exhaustivo. Otras habrá. Se trataba de ofrecer un panorama general y más o menos representativo, y no hubo por nuestra parte voluntad alguna de discriminación. Todo el que tenía algo que decir fue invitado como ponente, o al menos así lo creemos honradamente.

Si las anteriores críticas del Sr. Suárez nos parecen cuando menos dignas de ser respondidas, el comentario final no puede ser más maledicente y revelador de que el objetivo general era malintencionado. Para empezar, le informaré de que la Consellaría de Cultura e Deporte, como el Consello da Cultura Galega (dos instituciones, por cierto, diferentes: léase el Estatuto de Autonomía de Galicia) no condicionaron para nada la elaboración del programa, y colaboraron de manera constructiva y generosa en diversos aspectos de las jornadas, incluyendo la gestión para la intervención final de la Orquestra de Cámara. No hubo ningún “iluminado” como pretende el Sr. Suárez, que parece querer ver oscuras manos tejiendo hilos siniestros en todas partes. Del comité organizador formé parte yo mismo, a título individual como investigador y profesor universitario. Si quiere personalizar sus críticas, Sr. Suárez, ilumíneme por favor cual fanal de sabiduría acerca de qué cree que faltó o debería figurar. Pero tanto la comisión organizadora como yo mismo creemos tener la conciencia muy tranquila: hablaron quienes estimamos razonadamente que tenían algo que decir, al menos en el ámbito académico, dados el tiempo y la premura a que nos vimos forzados.

¿Podemos equivocarnos? Cierto. Nadie es infalible, salvo o Muxo —dicen los entendidos en viveza galaicocriolla. Pero presuponer que buscamos ofender a la memoria de la colectividad gallega en Buenos Aires y la Argentina sólo revela dos cosas. O una supina ignorancia por su parte, Sr. Suárez, sobre la trayectoria de los organizadores, que con su palabra y su pluma han puesto su granito de arena a que la historia y la importancia de la colectividad gallega en la Argentina sean conocidas y valoradas en ámbitos argentinos, gallegos, europeos y mundiales. O una aviesa intención que va más allá de sus palabras. Como no acostumbro a dar crédito a teorías de la conspiración, me limitaré a creer que se trata de un desliz provocado por la pasión que usted pone en su labor. Pues no estimo que hayan sido estas jornadas las que más hayan hecho por desmerecer el buen nombre y la memoria de la colectividad. Sólo desde una ruin intención se puede afirmar tal cosa. Pero quizás sí contribuyen a ofender a la memoria y la historia de los gallegos en la Argentina quienes aún siguen creyendo que la cultura gallega en Buenos Aires ha de consistir en una luminaria: una luz colgada de un balcón que sirve para adornar — otra acepción, no sé si pertinente, de la palabra es “cantidad que se daba a los ministros y criados del rey para el gasto que debían hacer las noches de luminarias públicas”—. Luminaria colgada en un bolichito a medida, bien protegido del ruido exterior y cuanto más polvoriento mejor, cuyas actividades sean ignotas para la esfera pública porteña, y a ser posible financiado desde Galicia (siempre les dirán que se callen, que no son de acá). Y desvirtúan el prestigio de la colectividad galaica en Buenos Aires quienes consideran que la cultura gallega se limita a una concepción puramente folclórica y nostálgica; a una erudición acumulativa, repetitiva, dispersa e inútil, sin ninguna proyección académica; a la reproducción de cuentos druídicos e historias nostálgicas para consumo interno; o a una satisfacción de propios intereses y egos con la etiqueta “Galicia” como pretexto. O, en fin, quienes crean que el patrimonio histórico de la colectividad se debe pudrir, no tomando cartas en el asunto en ningún momento. Le sugiero que mire por ahí, señor Suárez, a ver si encuentra tamañas ofensas. Igual se lleva alguna sorpresa.

Esas y otras visiones de la cultura y la memoria de Galicia en Buenos Aires sólo contribuye, además, a una cosa: a que los viejos estereotipos y prejuicios subsistan. Y no debe ser así. La cultura gallega, y en eso coincidirá el Sr. Suárez conmigo, es y debe ser algo más que un recreo dominical de aficionados, “vivos” y escribidores más o menos mediocres. La pasión debe ir acompañada de la razón, y la pulsión identitaria del talento y la competitividad. Lo que hizo a la cultura gallega grande en Buenos Aires tiempo ha, fue que en ella militaron gentes que tenían mucho que decir fuera de ella, y que con orgullo proclamaron que eran gallegos. Pensemos en Seoane, sin ir más lejos. A eso aspiramos, ni más ni menos. Nos equivocaremos muchas veces por el camino, pero el tiempo nos dará la razón.

Le saluda atentamente,

Xosé Manoel Núñez Seixas

 
 
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