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Discúlpame,
Miguel, hoy no he venido a hablar de tus poemas, de tus creaciones.
Hoy he venido a hablar de tu vida, de tu cárcel, de
la guerra, de tu muerte. Subimos por las cuestas de la lucha,
en 1934 vuelves a Madrid con un empleo estable como colaborador
de José María Cosío en su obra “Los
toros”. España y Madrid vibran con los sucesos
de octubre. Días antes de la publicación de
tu libro “El rayo que no cesa” fuiste detenido
en San Fernando del Jarama. Contemplabas allí los toros
de una manada donde sus cuernos no habían tomado decisiones
políticas, pero los guardias civiles sí. Ellos
sin conocerte te detuvieron como sospechoso. Qué hacía
aquel mozalbete, vamos, no los iba a engañar, algo
raro debía estar haciendo. Es insultado y apaleado.
En el Ateneo de Madrid pese a la prohibición del gobierno
de hablar de los sucesos de octubre, se organiza un acto a
la cabeza del cual está León Felipe para hablar
de ese tema. Asisten allí todos los grandes poetas
de España, más Pablo Neruda y Raúl González
Tuñón, quien nos dice: “Miguel, que al
llegar de Orihuela habíase vinculado al grupo católico
Cruz y Raya comprendió aquella noche en el Ateneo de
Madrid por qué a veces la poesía deviene en
un arma”.
La
unión de los partidos políticos republicanos
lograron lo que se perseguía: el triunfo del Frente
Popular. Y a los cinco meses, en julio, se produce el golpe
militar fascista que ya estaba conectado con Alemania e Italia.
Los jóvenes y viejos agarramos las armas. Nuestra decisión
estaba clara. Inclusive hoy, en las manifestaciones de París,
la ponían muchos de ellos: No pasarán! Más
vale morir de pie que vivir de rodillas. Estábamos
encuadrados en el Quinto Regimiento.
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